viernes, 5 de agosto de 2016

Caminante se hace camino al andar

Elijo un camino, la escritura, y escribiendo lo iré transitando.

Es un camino desconocido y familiar al mismo tiempo, desde bien niña mis aliados han sido los lápices y los bolígrafos, plumas, tizas y cualquier objeto con el que ir trazando palabras y componiendo pequeñas piezas con algún pretexto o sin él.

A veces he dejado fluir los pensamientos libremente, sin orden, sin pretensiones, solo para liberar la acumulación de letras que van quedando por mi cuerpo y mi mente, y dejar espacio para nuevas ideas. Vaciarme para volverme a llenar y crear así un circuito.

Pocas veces he trazado un plan para escribir, un proyecto concreto, una investigación, aunque muchas veces me han venido a la mente, y las dejaba en un cajón, para después.

Hace poco, algo, no sé muy bien el qué, me ha removido por dentro y he ido tirando a la basura cosas que no me servían y en ese cajón, donde tenía algunos deseos guardados, encontré éste, el de escribir.

He dejado la entrada en borrador, para seguir luego. Abro un libro que estoy releyendo, "Niebla" de Unamuno, y me encuentro con esta frase:

"La vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo..."

Entonces se me confirma mi premisa, la del título, caminante se hace camino al andar, y la de mi camino en concreto, escritor, se hace camino escribiendo.

Todo se consigue con la práctica. A veces antes, a veces después, a veces mejor, otras peor, pero se consigue. Ahora, mi objetivo es practicar, escribir, de todas las formas que se me ocurran, improvisando y con un orden establecido, objetivo, o tema concreto, desarrollar todas las formas que encuentre en mis apuntes, y probar con tantas otras como se me ocurran. Hacer algún taller, aprender de aquellos que han dedicado gran parte de su vida a este objetivo, exprimirlos como unas naranjas y beber inmediatamente ese zumo, para que no pierda las vitaminas.

No se si hay una manera de aprender a escribir, no sé si hay una manera de escribir correcta. A veces surgen frases, párrafos, que cobran vida y se quedan dotados de una belleza que no admite reglas. No me gustan los esquemas, me gusta romperlos, hacer las cosas de otra manera, buscar otros caminos. Así que, en este camino tan transitado, donde parece que todo se haya contado ya, donde hay poco espacio para nuevos caminantes, vengo a contar cosas, no se cuales, sin orden, pasando pantallas como si de un vídeo juego se tratara, cada vez en un nivel más difícil, retos, motivación, siempre con ese pequeño gusano juguetón que acude a mí constantemente, ese que me recuerda mi enamoramiento, motivo principal por el que transito por aquí, por estos lugares llenos de gente con talento de la que pretendo absorber como una esponja lo que me quieran enseñar.

Con mi lápiz, y caminando, haremos un camino de letras, palabras, conexiones de significados, bifurcaciones, puentes, cualquier herramienta que nos permita llegar a la siguiente parte del camino, dejando la piezas que al unirlas formarán un todo, un puzzle, un cuadro, una imagen, yo misma, mediante entregas periódicas, suscripciones, que se irán entregando sin un orden establecido, sólo con el objetivo de compartirMe con todos los que queráis caminar algunos ratos junto a mí.



lunes, 1 de agosto de 2016

La gran competición

Con este relato quise transmitir una historia de trabajo junto con otras historias más que han ido conformando parte de mi vida... una historia real que me salió del alma.
Podéis leerla y ver las imágenes que la acompañan también en Fuentetaja:

https://clubdeescritura.com/convocatoria/historias-del-trabajo/leer/59303/la-gran-competicion/

Aquí os la dejo:

Son las diez de la noche. Ya han terminado el partido y los vestuarios están vacíos. Como cada noche, después de cenar, nos disponemos a entrar en el pabellón y recorrer todos los rincones, donde aún se respira el sudor de los deportistas que acaban de estar corriendo de un lado a otro, protegiendo un balón que intentarán colar en el cesto adecuado más veces que los que visten el color azul. Aquí vamos de rojo. Hoy éramos los rojos contra los azules, poniendo todo nuestro empeño en ganar, como siempre hacemos.

Hoy no lo hemos conseguido. Hoy nos vamos con el ánimo decaído y no tendremos muchas ganas de hablar al llegar a casa y nuestros hijos, mujer, o un vecino, nos pregunten qué tal ha ido. Pero la vida es así, unos pierden, otros ganan, y otros van después a ese lugar, lleno de victorias y de fracasos que inundan el ambiente de contradicción, y se disponen a hacer su trabajo. El marido, un hombre mayor, coge su gran herramienta y empieza el primero. Su mujer, de edad más bien madura, con arrugas en la cara, de esas que el tiempo y el sufrimiento dejan marcas, con otra más pequeña le sigue, y su nieta, que vive con ellos temporalmente, les acompaña con otra del mismo tamaño. La niña hace lo que puede. El palo es más grande que ella, pero la voluntad de ayudar a sus abuelos es lo que más le importa, y los sigue de cerca.

Esa niña, feliz, inconsciente de lo que la rodea, vive con sus abuelos mientras su madre acude al hospital al cuidado de su padre, que tras un accidente de coche, a la vuelta del trabajo, lo dejó tetrapléjico, sin poder mover ni un dedo. Un golpe, un instante, milésimas de segundo y toda una vida deshecha. Apenas le dio tiempo para pensar en algo antes del golpe, pero cuando volvió de su viaje espacial, que duró un mes, dentro de aquella sala de intensivos, lleno de tubos, en coma, su primer pensamiento fue para su pequeña niña. Esa niña, feliz, que ayuda a sus abuelos en las tareas nocturnas, no se da cuenta todavía de la gravedad del asunto. Sus padres, con la impotencia clavada en las entrañas, se resignan a un destino que les ha sido impuesto. No tienen otra alternativa más que dejarla con los abuelos confiando en que la vida podrá concederles al menos la felicidad de poder verla crecer y estar junto a ella.


Los abuelos, gente sencilla, de gran corazón, la acogen como una hija más, la cuidan y le dan todo el amor que les queda, después de haber criado a cinco hijos en condiciones precarias, de esas que suceden cuando hay una guerra en un país y debes abandonar a la familia y luchar por algo que no sabes muy bien qué es. El abuelo recuerda aquellos tiempos y le recorre un escalofrío cuando piensa en la bala que estuvo a punto de atravesar su cabeza y un pequeño gesto a tiempo hizo que solo le dejara sin parte de la oreja derecha, y con una sordera parcial que lo hacía girar la cabeza hacia el otro lado para oír mejor lo que le decían. Su mujer, como pudo, sola, fue criando a su primer hijo, y al regreso del marido continuaron agrandando la familia con todo el amor que rescataron en aquellos tiempos de escasez. Fueron tiempos difíciles y continuaron siéndolos durante toda la vida, y ya, en la madurez, estaban allí, en aquel pabellón deportivo, paseando sus escobas por el pavimento sudado, como cada noche, para poder compensar la cesión de la vivienda que les había prestado el ayuntamiento, a cambio del mantenimiento de las instalaciones deportivas de la ciudad.


La casa no estaba en buenas condiciones, pero se apañaban bien. Tenía un pequeño corral dentro, donde la abuela tenía algunas plantas y donde en verano, colocaban una piscina hinchable para que la nieta se divirtiera al sol. 


Dentro de aquella sencillez y a pesar de la situación complicada de los padres, la alegría acompañaba a la niña allá donde iba. Sus tíos la llevaban de excursión y le enseñaban a montar en bicicleta, cosa que su padre no podía hacer, pero no por ello se rindió, y a pesar de su incapacidad, dedicó todo su tiempo a enseñarle cosas, a hablar y jugar con ella y a enseñarle a ver la vida con entusiasmo e ilusión.


Sus abuelos, a edades de estar jubilados, después de haber sufrido una guerra, la pérdida de media oreja y sacar a la familia adelante con la cartilla de racionamiento, no tenían casa propia y podían sentirse afortunados al tener una casa cedida a cambio de trabajar todas las noches limpiando aquellas instalaciones. La escoba paseaba todos los rincones, y mientras el abuelo pasaba su gran paño por todo el suelo, la abuela limpiaba baños y vestuarios para que, al día siguiente, aquellos jóvenes que querían ganar el partido, pudieran ducharse tras la gran competición entre el rojo y el azul.


Por las mañanas, bien temprano, el abuelo acudía a una huerta que cultivaba con gran cariño, en un terreno también cedido. Todos los días traía algunas verduras para la comida y hierba para los conejos que criaban en otro corral contiguo a la casa. En esas edades en las que actualmente los jubilados se dedican a viajar, ellos, no hace tantos años, trabajaban para poder dormir bajo techo y alimentarse. Nunca se quejaron. Recuerdo que, yo, que era esa niña feliz e inconsciente, recibía de ellos esa sensación de paz. Eran felices no teniendo nada porque lo tenían todo. Barrían cada noche mientras contaban historias, compartían los cultivos del huerto con toda la familia y los domingos se reunían para comer juntos. Y eso era más importante que cualquier cosa que tuvieran que hacer cada noche, como limpiar unas instalaciones deportivas donde los rojos competían con los azules.