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martes, 13 de junio de 2017

Huida hacia un encuentro

1. La huida

El avión acaba de despegar. Ya no hay marcha atrás. Nunca se sabe cuál es la decisión correcta. Apenas en unos minutos comienzo a ver mi ciudad como una maqueta, un juguete en el que puedo ir acoplando unos play móvil a mi gusto y formar en mi imaginación lo que me hubiese gustado que fuese mi realidad. Desde aquí es más fácil. Coger unos muñequitos y llevarlos por la avenida principal. Por los barrios de lujo. Por las plazas concurridas. Con su sonrisa dibujada. Cuando me encontraba en los laberintos de las calles era como jugar al escondite. Solo que no era un muñeco. No me gustaba demasiado ese juego, pero una vez estás inmerso en él es difícil salir. La única forma que he encontrado es huir. Comenzar de cero. Alejarme. Y ahora ella me ha dado una oportunidad. No voy a desaprovecharla. Todavía parece que esté soñando mientras reproduzco sus palabras, que se me han quedado grabadas como en un disco, pista uno, única, que no dejo de repetir, hasta que se ralle y la realidad me devuelva la certeza de que no era un sueño: “Vente conmigo”, así de sencillo salía de su boca, y como un relámpago pasaba por mis oídos, y el tiempo se ha ido contrayendo hasta que mi cuerpo se ha subido a este avión, camino de alguna tierra lejana, que todavía desconozco. La encontraré en Paris, donde supuestamente embarcaremos en otra nave. Hay momentos en los que el ordenador central me lanza alertas, me asaltan ventanas emergentes en la esquina de la pantalla, en color amarillo, fluorescente, las miro, las leo, hay mensajes de precaución, atención, cuidado, dónde te vas a meter, y me admira la seguridad que siento de que estoy haciendo lo correcto. Ella me gusta. Sí, me gusta mucho. Pero todo esto va más allá. No sé dónde. De momento lejos. Con ella.

-¿Estás segura, María?
-¿Qué es la seguridad? ¿Crees que te la da el tiempo? Sé que me lo dices porque lo acabo de conocer. Es normal. Yo también lo pienso, pero no es cosa de la mente. No es algo que pueda decidir de una manera racional.
-Siempre hay una manera racional. Y lo sabes. Lo que pasa es que te gusta. Y eres impulsiva. Demasiado diría yo.
-Pues claro que me gusta. Pero no se trata de eso. Aunque te empeñes en convencerme de lo contrario. No es impulso. Te lo aseguro. En parte sí, pero no. ¿Entiendes?
-¿Lo harías igual si no te gustara?
-Igual, no. Pero haría algo. Creo. No lo sé, la verdad. Seguro que influye que me guste… pero, ¿qué más da? Sé que no lo hago por eso.
-¿Sabes que te voy a echar de menos verdad?
-Y yo a ti. Te llamaré. Ven a vernos cuando quieras…

Teresa solo quiere ponerme a prueba. Que me asegure de los pasos que doy en la vida. Es como mi madre. Pero no, es mi mejor amiga. Con mi madre no sirve esto. Mi madre me hubiese dicho directamente que estoy loca y si pudiera, me dejaría castigada por haber hecho una cosa tan disparatada. Por eso no se lo digo. Lo de Dani. Mi madre solo sabe que me voy a trabajar, porque es inevitable. Cada vez hablo menos con ella de mis cosas. Mi madre tiene su vida, sencilla, ermitaña, solitaria, a mí me gustan las relaciones con la gente, con mucha gente, y compartir mi vida con alguien. El destino, o quien quiera que fuese, puso a Dani en mi camino, y justo en el momento en que me estaba decidiendo a irme de aquí, a salir de España, es temporal, por trabajo, pero es una oportunidad para mí. Y para Dani. Pase lo que pase, será nuestra aventura. Allí podremos despegarnos de esas larvas que se nos quedan pegadas en la espalda, que no nos dejan avanzar. Cuando se lo dije se quedó pasmado. Primero le suelto que me voy fuera un año por trabajo. E inmediatamente, le invito a venir conmigo. No hace mucho que nos conocemos, pero siento que lo conozco de toda la vida. De otra vida tal vez. Quién sabe. Mi idea era irme sola, es verdad, pero las cosas cambian. A veces parece que no, pero sí, cambian, y llega un momento que esas pequeñas cosas imperceptibles, se amontonan todas de golpe y te lanzan a la otra punta del planeta. Como ahora. Yo me he venido a Paris unos días antes. Él tenía que solucionar unos papeles. Ahora estoy en el aeropuerto, esperando que llegue su vuelo. Mi maleta preparada para irnos a Sidney. Él no lo sabe. No sé por qué no se lo he dicho. Lo dejé en un destino lejano y él aceptó. Me da igual dónde, me dijo, si es contigo. Le pedí toda su documentación para preparar los trámites. En la empresa donde trabajo nos facilitan todos los trámites, visados, papeleos, lugar de residencia, alquiler, entrar a ese país es costoso, pero así da gusto, la verdad. Me considero muy afortunada. Cada vez más.
-Pasajeros del vuelo 6116 con destino París, llegada por la puerta B14.

2. Orly – Paris

Siento que me he desvanecido. Por un instante, toda la luz que me envolvía se ha convertido en oscuridad. He pensado que me había quedado ciega, pero no, enseguida he notado que era todo un nubarrón que se cernía sobre  mí. Y me he desplomado. Siento como el frío me atraviesa la piel. El suelo está helado, aunque aquí dentro del aeropuerto el ambiente esté templado, y ese helor que se desprende de esas losas que semejan el hielo ártico  comienza a buscar todo tipo de rendijas en mi cuerpo hasta producirme escalofríos. Es curioso sentir esto y notar como mi cuerpo está inmóvil. Como esos escalofríos no consiguen mover ni alborotar siquiera el vello que me recubre. Como los músculos se mueven sólo en el pensamiento. Quizá sólo esté como inmersa en un sueño en el que creo sentir este frío pero no es real. Aunque escucho murmullos a mi alrededor. Debe ser la gente que camina hacia sus destinos, y al verme se ha detenido a ayudarme, o que venía a recoger a alguien como yo… Dani. ¿Cómo voy a recogerlo ahora? ¿Cómo soy capaz de pensar en esto mientras estoy desplomada en el suelo? ¿Qué me está pasando?

Aterrizo en Paris. Comienza la aventura. Otra. Aunque ésta es diferente. Así lo siento. Lo sé. Desde el día en que la conocí y con sus palabras me transportó a lugares donde nunca había estado. He estado en muchos lugares, físicos y mentales, pero María hizo un clic en un punto nuevo. Fue como cuando enciendes el interruptor de la luz en una habitación donde hay una penumbra, y sí, ves cosas, pero envueltas en una capa de polvo, y esa luz blanca te hace verlo todo más claro, polvo incluido. Pero no sólo eso. Sí, vi la luz, pero lo que más me sorprendió fue que bajara hasta el mismo infierno a por mí. En un agujero negro, la eché sobre un colchón, algo sucio, que cubrí con una funda, era todo lo que tenía, a ella no le importó, le quité la ropa, y comencé a saborearla como quien chupa un helado. A recorrer su cuerpo con mi boca, todo su cuerpo, sin dejarme ni un milímetro, y ella me respondía con gemidos de placer. Me puse sobre ella. El deseo era irrefrenable. Nuestras bocas hablaban otras lenguas, que sólo ellas entendían. Sus piernas abiertas me rodeaban entero, y me empujaban hacia dentro, una y otra vez, como si quisiera sorber mi pene, y con él todo mi ser, como una araña, que me atrapa con su red tejida con esmero para este fin, y me come entero, y soy tragado sin masticar. Me gustó ser la comida que saciaba a María. Me gustó verla transformar su rostro, que pasó de ángel a demonio en instantes. En ese momento se generó algo entre nosotros, quizá ya se había generado antes, y no hemos podido dejar de hablar, de vernos, de desearnos, de amarnos y ahora de irnos juntos a no sé dónde. Por cierto, ¿dónde está María?

-Hay algún médico?
-Sí, yo soy médico. ¿Qué ocurre?
-Una chica se ha caído desplomada al suelo. Es allí mismo.
-¿Una chica? ¿dónde está?
-Allí. Donde está toda la gente.
Dani se dirigió corriendo hacia allí.
-María! ¿me oyes? Dime algo.
-Disculpe, déjeme un momento para que pueda ver qué le ocurre. ¿Sí?
-Se ha caído de repente. Yo la vi. Estaba caminando y de pronto se detuvo, dobló las rodillas suavemente y cayó al suelo. Fue como si estuviera activada la tecla de reproducción a cámara lenta. Hace apenas un minuto.
-No tiene ninguna fractura aparentemente. Y su pulso está normal. Es buena señal.
-¿Dani?
-¿María? ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
-No lo sé. Sólo noté que de repente no veía nada y no sé nada más.
-María, soy médico. Acabo de reconocerla. No parece tener nada grave. Sus constantes vitales están bien, sólo observo su tensión arterial por debajo de los valores normales. Puede ser algo puntual. No obstante, le recomiendo que se haga una analítica para comprobar que todo está en orden. ¿Se marcha de viaje ahora?
-Sí. Tenemos todo preparado para irnos a Sidney.
-¿A Sidney? Maria… eres una caja de sorpresas.
-Me encuentro mucho mejor doctor. Muchas gracias por atenderme. Me haré esos análisis. Lo prometo.
La abrazo. No quiero separarme más de su lado. Nunca. Jamás.
-¿Seguro que estás bien?
-Sí. Seguro. Ya se me ha pasado. Solo recuerdo una sensación de frío. Y que no veía nada. De repente todo se oscurecía y estaba helada. No me podía mover. Pensaba en ti.
-Ven, te tendré abrazada hasta que te sientas mejor.
-¿Sabes que podría ser para siempre verdad?
Se ríen.
-¿Nos vamos a Sidney? ¿De verdad?
-Sí. No me preguntaste el destino. Y me pareció buena idea dejarlo así, en incógnita. En sorpresa.
-No me importa dónde vayamos. Pero sí, me ha sorprendido, la verdad. Australia es un país un tanto complicado por los trámites de entrada y salida, según tengo entendido. ¿Cómo lo has hecho?
-Bueno, vamos con un contrato de trabajo. En mi empresa lo han tramitado todo. Así todo es muy sencillo. Tú también vas a trabajar ¿sabes?
-¿En serio? Cada día me sorprendes más. Te quiero María.
-Y yo a ti.

Pasajeros con destino Sidney, del vuelo 3139, embarquen por la puerta 33.

3. En el cielo

Desde aquí arriba todo pierde importancia. Miro por la ventana. Sobrevolamos las nubes destino a un país completamente distinto. Las nubes son iguales. Son nubes en todas partes. Concentraciones de agua acumuladas en forma vaporosa, blanca, como trocitos de algodón. Maria se ha quedado dormida. Me preocupa lo que le ha ocurrido. Tengo su cabeza entre mis brazos, reposando en mi pecho. Le acaricio el pelo. Ese pelo negro, largo, que recuerdo alborotado al viento, en esos paseos que hemos hecho por la orilla del mar, o por la ciudad. Nos encanta pasear, sentarnos en cualquier lugar, tumbarnos en algún parque, en la arena, donde cubiertos de esos pequeños granitos revoltosos, que se introducen por todo el cuerpo, nos hacen cosquillas y acompañan nuestros abrazos, esos en los que nos sumimos durante horas mientras el tiempo, el dichoso tiempo, que nos transporta a otros lugares, nos regala la oportunidad de estar juntos. Nunca hubiese imaginado esto. Mi vida ha sido caótica. No estoy arrepentido de nada. Todo me ha traído aquí y eso para mí es suficiente.

-Dani?
-Maria, ¿Cómo estás? Has dormido un buen rato. Estabas cansada.
-Sí, la verdad es que bastante cansada. Estoy bien. Sigo un poco mareada, pero se me pasará pronto. No sé si nos gustará Australia. Dicen que es un país espectacular. Tengo ganas de llegar.
-Nos quedan unas cinco horas todavía.
-Dani. Tengo que decirte una cosa. No estoy segura pero creo que podría estar embarazada. No digas nada todavía. Es algo que se escapa de mis previsiones totalmente. Lo sabes. Hemos hablado de esto y sé que ambos hemos dicho que no necesitamos ser padres. Yo tengo 38 años. Tu 40. Estamos en una edad relativamente complicada. No somos jóvenes para eso, ni mayores. Podríamos hacerlo o no. No lo hemos buscado, pero, si fuera así… ¿qué crees que sería lo mejor?
-¿Por qué no me habías dicho nada en el aeropuerto?
-Solo es una sospecha. Quizá ni siquiera lo esté. Lo más normal sería que no lo estuviese. Sabes que tomo la píldora. Pero no me preguntes por qué, he sentido ese presentimiento. Es una tontería. Seguro que no estoy embarazada. No te preocupes. No soy ninguna vidente, ni tengo poderes adivinatorios. Sólo me ha venido ese pensamiento a la cabeza.
-Si lo estás, lo tendremos. Si quieres, claro. A veces decimos cosas sin estar en la situación de la que hablamos, es como hablar por hablar, porque cuando la vives, el pensamiento cambia, supongo que se debe a que cambia algo por dentro. Y esas cosas ajenas se convierten en tuyas. Y cuando son tuyas, están tan cerca, que no necesitas las gafas para verlas. Son nítidas. Salen del interior. Ya sabes mi opinión. Tendría un hijo contigo, o dos, o tres, si tú quieres. Nunca me he planteado ser padre. Mi vida no me permitía pensar en ello, pero quizá ahora sea diferente, y esa idea no me desagrada, aunque no haya sido una elección a consecuencia de una decisión consciente. A veces los imprevistos son las mejores cosas que nos suceden. Como tú. Que apareciste de pronto en mi vida, abriéndome caminos que yo había soñado.

La verdad es que escuchando a Dani me he tranquilizado. Tengo dudas, pero ya debería haber tenido la regla. Si no hubiese sido por el desmayo, no se me hubiera ocurrido, pero algo me dice que estoy embarazada. Es una intuición. De repente, al sentirlo, me he emocionado, lo he deseado. Me he extrañado porque nunca he sentido la necesidad de ser madre. Pienso que tal vez no sería una buena madre. Pienso en mi madre. La quiero mucho. No creo que haya sido mala madre. Creo que lo ha hecho lo mejor que ha podido. Creo que el miedo la ha hecho protegerme demasiado, a su manera. Pienso en ella. Se ha quedado triste al marcharme tan lejos. Supongo que por la soledad, porque no tenemos una relación demasiado cercana. Es una temporada, le he dicho, volveré pronto. Sé que estará llorando. Siempre llora a escondidas. ¿Haré yo eso con mi hijo? Ya pienso como si realmente estuviera embarazada, como si realmente ya estuviera en el mundo, hubiera acabado el instituto, se hubiese marchado al extranjero a estudiar o a trabajar, y me hubiese dejado sola. Yo estaré con Dani. Mi madre está sola. No conocí a mi padre. Tuvo un accidente cuando yo era muy pequeña y murió. A veces pienso que me hubiese gustado conocerlo aunque el accidente lo hubiese dejado inválido. Es un pensamiento cruel. Es mejor la muerte. Así mejor. Mi madre ha tenido que trabajar duro para sacar adelante a la familia. Mi hermana y yo. Las dos, con una diferencia de dos años de edad. La verdad es que es para volverse loca. Mi hermana, cuánto la echo de menos. Hace mucho tiempo que no voy a visitarla. El cementerio es un lugar lúgubre. No me acostumbro a ir allí. Los dos están allí. Mi padre, con una foto de un extraño para mí. Mi hermana, con una foto que le hice yo misma. Recuerdo perfectamente aquella tarde. Habíamos estado tomando un café. Era sábado. Dijimos que aquella tarde sería para nosotras. No pasábamos mucho tiempo juntas. Nos reímos como hacía mucho tiempo que no lo hacíamos. Nos hicimos varias fotos. Estaba radiante. Era feliz, muy feliz. Poco tiempo después, otro accidente, como traído de la memoria de nuestro padre, la llevó directa a la tumba. La recuerdo pálida, los labios ligeramente morados, dentro de aquel ataúd. Fría. Noté ese helor cuando le di el último beso. Hace ya siete años de eso. Y me resulta difícil borrar esa imagen de mi mente. Tengo la suerte de recordar muchas otras imágenes y no quedarme con ese momento final. Estaba pálida y fría, pero tan guapa como siempre. Mi madre no lo ha superado todavía. Ella era la mayor. Yo la pequeña. No diré que fuese la preferida. Pero lo entendería. Ella lo hizo todo perfecto. Ni un rasguño. Ni un desliz. Ni una falta. Nada. Era perfecta. Ahora, que pienso en que podría ser madre, me da miedo. ¿Cómo voy a hacerlo? ¿Estoy preparada? Nunca se está preparado para nada. O sí. Pero no lo sabemos. La vida es la que lo sabe y la que te va poniendo en la mesa cada plato. Como un buen cocinero. Que sabe que acierta con sus mejores guisos, sin ninguna duda. Y ves su cara de orgullo cuando le dices que te recomiende algo, lo dejas en sus manos, y te trae lo mejor. Así es la vida. Has de dejarla en manos de… llámalo como quieras. Podría ser Dios.

4. Sidney.

Papeles. Detectores de cualquier cosa. Registros de maletas. Escáner. Rayos X. Me siento como un extraterrestre. O como un terrorista. Ambas cosas. Me siento ajeno al mundo, a este mundo apartado. Y además siento como estoy invadiendo un territorio, con una pistola en mano, apuntando a la cabeza de quien se me pase por delante. O a punto de disparar un cañón y hacer volar la ciudad por los aires. Demasiadas horas de vuelo. Demasiados pasillos para validar nuestra autenticidad, para verificar si somos o no adecuados para entrar aquí. Mi mente me lleva al pasado, a los pasillos por donde los agentes se  paseaban observando lo que hacíamos en las celdas. Aproveché para leer muchos libros. Para hacer deporte. Aprender las leyes. Supuse que sería provechoso para mí. Y lo fue. Aunque fue mi abogado el que me representó en los juicios. No soy un terrorista. Ni un asesino. Ni un traficante de drogas. Solo estaba en el momento y lugar equivocados. Salí de fiesta. Bebí. No debí beber tanto. Se me fue de las manos. En el camino de vuelta, un accidente. Un choque frontal. No sé cómo salí ileso. Iba solo. Eso me reconfortó. Pero al salir y ver a una chica en mitad de la calzada, llena de sangre, sobretodo en la cabeza, creí volverme loco. Desde una brecha que le atravesaba el cráneo salía un riachuelo rojo, denso, hacia ningún lugar. Llamé inmediatamente a la ambulancia. Pero era tarde. Ya estaba muerta. Era una chica preciosa. De unos treinta y pocos años. Me declaré culpable. Pagué por ello. Y ahora que acabo de salir de la cárcel, de cumplir mi condena, no me siento especialmente mejor. No hay suficiente castigo para algo así. Pero estoy vivo y arrepentido. Y creo que todo ese arrepentimiento ha dado los frutos. Si no, Maria no habría llegado a mi vida. Casi no hemos hablado de nuestro pasado. Sabe que he estado en la cárcel pero nunca ha querido saber por qué. No conozco a su familia. Ella no conoce a la mía. La mía casi no me conoce ni a mí. Hace muchos años que no los veo. Y cuando sucedió eso, fue el punto final de nuestra relación. Es como si hubiesen desaparecido del mapa, ellos y todo el mundo que conocía. Ahora estoy solo. No tengo miedo de eso. Sé que puedo emprender aquello que me proponga. Bueno, ahora no estoy solo. Estoy con Maria.

-Maria Delgado, puede pasar.
-Entra conmigo Dani.
-Vamos Maria, no te preocupes. Todo estará perfecto.
-Hola Maria, siéntese.
-Gracias doctor.
-Tenemos los resultados de sus análisis. Todo está perfecto. Excepto que tiene ligeramente por debajo el nivel de ferritina. Es decir, tiene un poco de anemia. De ahí puede haber venido su desmayo. Aunque hay otro motivo.
-¿Cuál?
-Está usted embarazada. Es usted el padre… supongo.
-Sí, soy yo.
-Enhorabuena a los dos. ¿Esperaban esta noticia?
-La verdad doctor, no. Yo tenía una corazonada, como se suele decir, pero he estado tomando la píldora anticonceptiva, sin olvidar ni una sola. Es bastante difícil quedarse embarazada así, ¿no cree?
-Bueno, es difícil, pero no imposible. El cuerpo humano no es una máquina. Tiene sus pequeñas imperfecciones. Y en esta ocasión hemos tenido una de ellas. Una imperfección que puede ser algo precioso. ¿Quieren tenerlo?
-Sí doctor. Lo vamos a tener. Lo habíamos hablado después de mi sospecha, y aunque no ha sido algo que hayamos buscado específicamente ahora, es ahora cuando la vida nos ha querido dar esto.
-Me alegro de que hayáis tomado esa decisión. Tendrás que tomar unos suplementos vitamínicos para recuperar ese hierro.
-Claro doctor. Muchas gracias por todo.

-Dani, ¿estás bien?
-Si Maria, estoy muy bien. ¿Sabes? Me hace ilusión y todo. Yo no tengo relación con mi familia, y pensar en formar una, me hace sentir muy bien. Por cierto, no me has hablado mucho de tu familia.
-Bueno, ya lo haré, no te preocupes, lo importante es nuestro futuro. No me gusta hurgar en el pasado.
-A mí tampoco, pero hay cosas que creo que deberías saber. Nunca me has preguntado por qué estuve en la cárcel. ¿No quieres saberlo?
-Dani, no me importa lo que sucediera entonces. Me gusta lo que veo ahora. Pero veo que quieres contármelo. Si es así, hazlo, cuéntamelo.
-Verás, necesito hacerlo. Me siento culpable. Muy culpable por lo que sucedió, aún siendo sin querer, porque fue una irresponsabilidad.
-Cuéntame…
-Todo sucedió una madrugada de un sábado, había salido de fiesta, como solía hacer. De manera demasiado frecuente, diría yo. Ese día había bebido mucho. Excesivamente. Me enfadé con la que era mi novia, por decirlo de alguna manera, pues salíamos muy de vez en cuando, era una relación un tanto extraña. Salí furioso y cogí el coche con una tasa de alcohol en sangre de 1.5. El problema vino un rato después, cuando perdí ligeramente la concentración en la carretera y me pasé al carril contrario, en dirección contraria, y choque con un coche. Lo conducía una chica joven, de unos treinta y pocos años. Murió en el acto. Hubo un juicio. Su familia me denunció pero no quisieron verme. Creo que tenía una madre y una hermana. Fue lo peor que me ha ocurrido en la vida. Nunca más he bebido. Me lo prohibía mi mismo para siempre. No he sabido cómo castigarme lo suficiente. Maria… ¿estás llorando?
-Dani… mi hermana murió así. Tal y como lo has descrito. Tenía una madre y una hermana, yo. No quisimos verte. Y ahora voy a tener un hijo tuyo. Podría ser otro, pero al igual que he presentido el embarazo, ahora se seguro que eres tú. De repente estoy furiosa. Por eso lloro. Porque te amo a pesar de todo lo que me has contado, porque siento que traiciono a mi hermana si lo hago, pero te amo. Solo se eso. Se que no quería saberlo. Ahora lo sé. No cambia mi amor por ti, pero algo se ha roto entre mi hermana y yo al saberlo. ¿Me entiendes?
-Maria… lo siento mucho de verdad. No sé qué decir… tienes todo el derecho del mundo de querer abandonar esta aventura. De seguir sola. De buscar a alguien mejor. De arrepentirte de no haber querido saber antes. De abortar.
-Dani. No digas estupideces. No te cambiaría por nadie. Llámame loca. Pero soy así.



martes, 18 de abril de 2017

LA CIUDAD Y LA MUERTE



Nadie elige venir a la ciudad sin nombre, porque nadie regresa jamás de aquí. Pero el viajero, aunque no lo elija, llega hasta este lugar, sin apenas darse cuenta. Más tarde o más temprano. Depende del camino que escoja. A pesar de las numerosas indicaciones que advierten la dirección ineludible a la ciudad innombrable, llegarás allí al final. La entrada a la ciudad es imperceptible. Solo se puede ver el cartel cuando ya has cruzado el umbral que la delimita. Ya no hay marcha atrás. Aunque quieras regresar no verás la puerta de entrada. Te encuentras frente a un laberinto sin salida. Sus calles son estrechas. Con edificios altos. Apenas entra la luz. Las fachadas están viejas, descorchadas, el tiempo se ha ido intercalando entre las capas de cemento y haciendo saltar trocitos que puedes encontrar por el suelo. No hay manzanas. Solo callejones, algunos sin salida que te obligan a ir en la única dirección posible, la que te va llevando al centro de esa jungla urbana lúgubre. Pensarás volver hacia atrás a cada paso que das, pero no es posible, una gran sombra negra se va posando sobre ti, acechándote, y no serás capaz de enfrentarte a ella. Piensas en entrar en algún bloque, pero no hay puertas. Puedes escuchar las voces de varios animales, cerca, como si estuvieran susurrando fuerte al oído, pero no los ves. Hay más gente. Pero tampoco la ves. Solo se escuchan lamentos, quejidos, implorando la salvación.
Llegados a este punto, sientes miedo. Mucho. No es una ciudad que invite a la diversión a simple vista, más bien todo lo contrario. Esto mismo es motivo suficiente para dejarse vencer por esa emoción, bloquearse, y rendirse al monstruo que parece que nos vaya a envolver en su capa negra y tragarnos como si de un aperitivo se tratara.
Pero todo es muy distinto. El que consigue vencer esa sensación de impotencia y se deja llevar por la ciudad, observará cosas muy distintas. En la ciudad sin nombre, la vida se ha quedado atrás, se vive de otra manera, se vive muerto. Cuando aceptas la nueva nacionalidad todo es distinto. Has cruzado una delgada línea invisible, que en algún momento has llamado frontera. Esta vez es más que eso, porque la frontera es la de tu cuerpo. De repente, te sientes liviano. No pesas. Entonces se presenta frente a ti una calle diferente, con tonos más claros, sin llegar al blanco, un ligero color crema, quizá un blanco sucio, que te invita a seguir por ese lugar. Descubres que no todo es oscuridad. Puedes cruzarte con un gato, un ratón, o un murciélago. Sigue sus indicaciones. Llegarás hasta el centro mismo del abismo. La plaza del pueblo. Es grande. Luminosa. Nadie esperaría encontrar algo así después del recorrido anterior. En el centro hay un pozo, grande, hondo, y oscuro. Y un cartel: “Has llegado al final del viaje, para continuar deberás bajar a las profundidades del pozo, sin pensar, sin miedo, con fe…”
Algunos se lanzan. Otros prefieren callejear por esta ciudad. Solo los valientes, logran pasar al otro lado del pozo. Algunos dicen que van a parar a universos paralelos. Otros que se reencarnan en otros cuerpos. Pero eso sería visitar otras ciudades. La ciudad y la reencarnación o la ciudad y otros universos.

sábado, 8 de abril de 2017

INSTRUCCIONES PARA DESENMARAÑAR UNA MADEJA SIN CUENDA



Instrucciones para desenmarañar una madeja sin cuenda

Madeja sin cuenda
1. f. coloq. Cosa que está muy enredada o desordenada.
2. f. coloq. Persona que acumula ideas sin coordinación ni método, o 
que no tiene orden ni concierto en sus cosas y discursos.

Nota: Estas instrucciones se pueden aplicar a ambos conceptos, es decir, a personas o cosas.

Llegados al punto en el que la madeja está en este estado, nótese, sin cuenda, podremos observar que hay tal lío de hilos que no sabremos por dónde comenzar a desenmarañarla. Sería conveniente localizar una puntita suelta. Para ello tendrás que adentrarte hasta el mismo corazón del ovillo. Por el camino se recomienda disfrutar de cada lío con el que te encuentres. Habrá nudos de un rato, y nudos que duren años. No entrar en pánico, el tiempo no es tu enemigo. Si las prisas te arremeten, el nudo cada vez se hará más grande, más enrevesado, y llegar al meollo se convertirá en una odisea. Recordar la gran obra donde Ulises tarda una década en regresar a casa, urdiendo grandes artimañas, sorteando los designios de los dioses, entre otras astucias, que no logran acortar el tiempo sino todo lo contrario, mientras Penélope sufre calamidades en su larga espera, nos puede ayudar a descartar este tipo de actuaciones y dejarnos llevar por la filosofía del laisse afaire, todo llega a su debido tiempo y para algo, no intentes luchar contra el mundo, si no quieres que el mundo luche contra ti. Volviendo a nuestros nudos, complicados, sencillos, simpáticos, ocurrentes, imprevistos (de estos te encontrarás a patadas, pero agradécelos, son precisamente para distraerte del mogollón, ya sabes, para que no hagas, o dejes hacer por sí mismo), y otros muchos imposibles de enumerar. Habrá zonas en las que parezca que todo es un camino de rosas, y que ahí, cerquita, parece que asome la dichosa puntita de la cuenda, para poder tirar de ella y deshacer el embrollo. Muchas de estas ocasiones serán simplemente espejismos. Quien haya caminado por el desierto durante días, sabrá de lo que hablo, cuando de tanta sed, la arena te parece agua. Llegaremos al final de ese sendero y veremos que lo que parecía ser la solución es otro enredo. Y gordo. Es decir, no hay agua, es arena, con un reflejo del sol, una mezcla de colores que parecían reflejar un lago repleto de gotitas de agua cristalinas, a punto de ser ingeridas, ya notas cómo te van hidratando cada mucosa de tu boca, y te desengañas cuando ves que son un montón de granitos, secos, a más no poder. En estos momentos te sentirás completamente desanimado, desmotivado, sin esperanza alguna de llegar a encontrar la manera de deshacer este camino. Crees que vas a morir ahí mismo, de sed. Es buena señal. Hasta que no llegues a este punto, no lograrás ver nada. Tienes que llegar a sentir que has recorrido toda la madeja y no hay nada, no ves nada, no comprendes nada y ya no esperas nada de nada. Como si de un abismo se tratara. Justo ahí, verás la cuenda. ¿Ya? ¿La ves? Es importante no tirar de ella sin más. Ve con cuidado. Podrías caer en ese agujero negro y no salir jamás. Aquí, lo más importante es detenerse. Más que nunca seguir la premisa anterior, laisse afaire. Debes observar bien. Para retroceder el camino y desenredarlo, hay que saber cómo ha llegado hasta ahí. Nadie te lo va a contar, así que no esperes milagros, tendrás que hacerlo tú solito. Tampoco hay recetas. Las instrucciones te llegarán igual que te ha llegado todo lo demás. Eso sí, coge esa puntita y no la sueltes jamás. Trátala con amor. No te enfades con ella. Acompáñala en ese recorrido de vuelta y descubrirás el tesoro escondido. Si lo haces con paciencia y con cariño, encontrarás los recovecos por donde entrar y salir, con relativa facilidad, y no verás ya nudos, sino laberintos que explorar, como un divertido juego, del que saldrás sin madeja enredada. 

Ahora puedes volver a enrollarla a tu gusto.


PAUL B

Prólogo: 
Este relato ha sido de lo más duro que he escrito. Por el momento. Sobre un asesino en serie, Paul Bernardo y su mujer, Karla Homolka. Lo he intentado escribir igual de desgarrador que lo he sentido al leer sobre su vida y ver una película. Desgarrador y frío. Y con un tono sexual pervertido que es el que protagonizaba sus vidas.

PAUL BERNARDO Y KARLA HOMOLKA





- ¿Kar? ... ¿Kar? ¿Dónde estás putita? ¡Ven aquí!

Karla se había marchado. Esa misma noche Paul B. le zumbó una buena paliza. Llevaba la cara destrozada. Los golpes que le dio Paul B. se instalaron principalmente alrededor de sus ojos. Apenas los podía abrir. Su labio inferior estaba hinchado y partido. Un rastro de sangre cuajada seguía allí. Pasó la noche en el sótano. Paul B. la arrojó por las escaleras y quedó allí tendida, seminconsciente. Ese mismo lugar donde había descuartizado a Leslie, la primera víctima después de lo de Tammy.

-Sonrie, Leslie.
-No, por favor, no me hagas daño.
-¡Que sonrias coño! Nos lo estamos pasando bien ¿no? Dilo.
-Nos lo pasamos bien.
-Así me gusta. No abras los ojos. Y desnúdate.

Pero los abrió. Error fatal. Paul B. la mató y me obligó a trocearla. Metí cada parte de su cuerpo en cajas llenas de cemento. De una salía un pie. En otra se atisbaba un poco de pelo. La cabeza estaba lapidada bajo el hormigón. Sus ojos estaban abiertos. Me resultó imposible cerrarlos. Pero esa argamasa los cubrió para siempre. Ya no me miraba. Corté el cuerpo de Leslie en tantos trozos como pude y los fui introduciendo en las cajas. La emparedé. Esta noche no he dormido. Por la mañana, en cuanto he escuchado que Paul B. arranca el coche, me largo.

-¿Kar? ¿Dónde estás zorra? Cuando te coja te mato, puta. Si te has ido ¡lo pagarás caro!

A esta fulana la mato. Se está pasando de la raya. Solo quiero follarla un rato. Para eso la tengo. Ella lo sabe. Desde el día que nos conocimos y quiso que se la metiera, delante de su amiga, me pertenece. Es mi juguete y mi esclava. Soy su amo. Tuve que casarme con ella. Me lo suplicaba. Accedí. Las otras son distracciones. Es tan fácil llegar a ellas. Y cuando las tengo bajo mis órdenes, amordazadas, les meto la polla hasta que no puedo más. A Tammy me la follé tres veces seguidas. Karla mira. Y eso me pone más todavía. Es su hermanita pequeña. Tan inocente. Karla está celosa. Hará lo que yo le pida. La droga. Yo la penetro por delante y por detrás. La cámara lo graba todo. Luego pondremos la grabación. Se me pone dura de pensarlo. Tammy está inconsciente. Empieza a salirle una pasta por la boca. Joder. Karla. Te has pasado con la dosis. Zorra. Ahora tu puta hermanita está muerta. Mierda.

-¿Tammy? ¿Tammy? Despierta joder. ¡Tammy!

Después de morir Tammy, el juego continuó. Cada vez más.

-Vamos a jugar Kar. Ven conmigo. Daremos un paseo con el coche. A ver qué encontramos. ¡Sube! ¡Que subas te digo, hostia!

Kristen iba por la calle, andando, con paso firme, con su mochila. Se dirigía a casa después del instituto. Sola. Un coche paró a su lado y le preguntó las indicaciones para llegar a un lugar cercano.

Una chica muy guapa y su marido, supongo. Me gustaría ser así de mayor. Parecen tan felices. La chica sale del coche con un mapa para que le indique mejor. Mientras lo hago, el hombre me tapa la boca y me introduce en el asiento trasero del vehículo. Me amenaza con una navaja. Me obliga a callar. Y me lleva hasta una casa. Allí me tortura y viola varias veces cada día.

-Te voy a grabar en esta cámara, puedes saludar a tus padres, Kristen. Pórtate bien. Tienes que hacer todo lo que yo te diga. ¿Lo entiendes?
-Sí.
-Sí, mi amo. Repite, puta. Sí, mi amo.
-Sí, mi amo.
-Saluda a la cámara.

No seguí sus reglas. Hay cosas por las que vale la pena morir. Miraba a la mujer, a la que acababa de pegar y golpear y pensé en lo equivocada que estaba cuando quise ser ella, o como ella, en un futuro.

-¿Por qué no te vas? ¿Por qué aguantas eso?
-No lo entenderías. Es muy complicado.

Paul B. llegaba a casa a menudo con cara de haberse tirado a alguna víctima. Exhausto de tanto sexo. Yo lo besaba. Él no me respondía. Sólo quería dormir. Había perdido la cuenta de las mujeres, adolescentes, jóvenes, en las que había entrado su pene. No siempre las traía a casa. No siempre las mataba. Algunas tenían suerte y sólo quedaban desgarradas. El sexo anal era su preferido. Quería meterla por el culo siempre que podía. Era mejor dejarlo hacer. Si se enfadaba, era peligroso. Era el puto rey. Mi rey. Y yo su puta. Su cómplice. Pero ya no puedo más. Lo escupo todo. Lo suelto. Lo disparo por mi boca. Lo arrestan. Salgo a bailar, a divertirme, para celebrarlo. Y follo con otro. Soy libre.


Ahora, que no puedo ir por más presas, que estoy aquí encerrado, por tu culpa, Kar, que te jodan, tengo grabado en mi mente todo lo que has hecho, para mí, fulana, cuando pueda te mataré, pero antes te torturaré y violaré hasta que mueras solita, de tanto follar, repaso cada escena, cada caso, cada mujercilla, y me corro cada noche, escucho los quejiditos, los tuyos y los de todas, y sin tocarme, no hace falta, eyaculo, encima de ti, en tu boca, trágatelo, te cojo del cuello, quiero ver como dejas de respirar mientras tragas. Reza para que no salga de aquí.

martes, 4 de abril de 2017

Frente a mis estigmas



Estás ahí, desnuda, frente a mí. Cualquiera diría que eres un espectro, un fantasma, si no fuera por esas cicatrices, que marcan tu rostro y tu cuerpo, que dibujan una línea más sólida que la de cualquier ente vaporoso y configuras así un reflejo en un espejo. Me acerco para verte bien. Apenas nos separan unos milímetros. Podría besarte pero no lo haré, no por ahora. Entre tus ojos, se ve ese pequeño cráter, justo en el centro, formando lo que podría ser el hueco de un tercer ojo, ese que todo lo ve, pero no, está vacío, no hay nada, no ves nada, o no lo quieres ver. Aclárate. ¿Recuerdas cómo te lo hiciste? Tienes otras menos acentuadas en alguna zona de la cara. Yo estaba contigo, te veía rascarte como una loca, eras una niña, llena de pequeñas heriditas rojas, te picaba, mucho, no podías aguantar, pero te gustaba hurgar con tus uñas, ahora este virus había venido para darte ese pequeño placer dentro de la incomodidad que pueda ocasionar estar unos días en casa, incomunicada, sin ir al colegio, a pesar de que te gustaba ir, pero este momento era tuyo, solo tuyo. Has tenido suerte. Lo sabes. Cada herida que te hacías la mantenías con vida lo máximo posible, costra tras costra, te gustaba ver la carne al rojo vivo, con esos hilillos de sangre, te asustabas un poco, pero retirar esa corteza de piel seca que intentaba sanar la lesión, te producía un auténtico regocijo. Sí, has tenido mucha potra, porque no te han quedado señales de esas masacres. Te miro ahí desnuda y pareces una niña que no ha vivido, sin rastro alguno que delate grandes acontecimientos. Espera. No te enfades. Intentaré buscar algo más, algo que te descubra quien eres. De dónde vienes. Que haces aquí. Cómo has llegado. O para qué. No sé. Por el cuello te salpican algunas verrugas, pequeñas, que embrutecen el estilismo de esa parte del cuerpo. No sabes por qué no has acabado con ellas. Las toqueteas a veces. Ha habido momentos en los que has estado a punto de arrancarlas con tus dedos, algunas, una, la más pronunciada, la descarada esa que cree que va a poder contigo, hasta que un día digas hasta aquí. Como aquella vez que las tenías por la mano. También las escarbabas. Y ese liquidito que salía se expandía alrededor provocando que otras más emergieran de la capa más profunda de la piel al exterior, como si de un jardín se tratase, floreciendo como si fuera primavera, solo que hacía frío. Seguiste un ritual al pie de la letra. Si lo decía tu abuela no podía ser mentira. Tu abuela no miente nunca. Cogiste unas cuantas hojas de olivo, tantas como carnosidades había en esa mano izquierda y las enterraste boca abajo a los pies del acebuche hasta que un día te olvidaste del asunto y de ellas. Desaparecieron. Podrías hacer lo mismo. Pero algo te frena y las dejas ahí, para recordarte quizá algunos besos que conquistaron esa zona y estaban llenos de mentiras. Quizá las tienes en defensa propia. Para que ninguna patraña se inmiscuya en tus asuntos. Subo y bajo por las curvas que insinúan tus senos, rodeo tu cuerpo por las caderas y muslos y por esa zona me detengo. Justo debajo del ombligo. La piel se ramifica. Son unos surcos que salen desde el pubis hasta alcanzar ese agujero perfecto en el centro de tu barriga. Canales por donde circula una historia de expansión y contracción que el destino quiso escribir ahí. Una historia con un nombre y una vida. No te creías capaz de hacerlo pero lo hiciste. Engendraste un ser en tus entrañas. Eres madre, no lo olvides. A veces lo sientes como una carga, pero fíjate en esos regueros que se bifurcan buscando una salida. O una entrada. Se dirigen justo al núcleo de tu cuerpo. Si te percatas bien podrás ver una gran belleza ahí oculta tras los caminos inexpugnables de la vida. Realmente es la marca más sublime que tienes en el cuerpo. Son unas raíces invertidas que buscan el alimento dentro de ti. Una obra de arte. Un tatuaje en color carne. Natural. Como las pecas que envuelven tus brazos y parte del pecho. Algunas se concentran en distancias mínimas. Otras se esparcen iniciando viajes hacia ningún lugar. Lo curioso es que, viéndolas así, de lejos, de frente, forman una gran galaxia. Tu propio universo. Te horroriza ver esa zona voluptuosa, que ha sufrido tantas idas y venidas, tantos altibajos en tu vida. Pero si te vieras como yo te veo ahora, te darías cuenta de que esas curvaturas no son más que el relieve de un mapa repleto de accidentes cartográficos que descartan una planicie desértica. Tienes la magnificencia de las cordilleras. Quien no sepa verlo que se joda. El muslo izquierdo, cerca de la rodilla, todavía te recuerda aquel día en que ibas junto a él, en el coche, cuchillo en mano, preparando la merienda sin parar. Todo tenía que hacerse aprovechando al máximo el espacio y el tiempo, aunque para ello tuvieras que usar tu muslo de tabla de cortar. Fue una punzada seca. Como un navajazo que se introdujo en la carne, que dibujó un volcán del que comenzó a brotar la lava. Esa lacra no se ha borrado. Ni de la piel ni de tu mente. No la sueles mirar. Te duele recordar esa época en la que no supiste ser feliz. Pero debes dirigir tu mirada ahí. Al dolor. A la zona oscura. Es sólo un momento. Y entonces, sólo entonces, sabrás lo que tienes que hacer ahora. 

martes, 28 de marzo de 2017

LA FLOR DEL DIABLO




Indice












PEDÍCULO

Estoy aferrado a este lugar, sin poder moverme. Clavado en esta mesa horizontal. Me es indiferente si el colchón es mullido o duro, frío o caliente. No siento nada. Pero me pica. No puedo rascarme. He aprendido a no sentir. Pero me duele y veo. Veo las montañas a través de la ventana. Mierda. Yo quisiera estar ahí, en esa cima, o en cualquier otra, o en cualquier otro lugar. Menos aquí. Salir. Respirar. La putrefacción de mi alma ha comenzado su propio proceso. Mis pies también lo hacen, podrirse, digo, poco a poco, de impotencia. Desde aquel día. En aquella carretera. Solo quería adelantar, con las prisas de verte, de llegar a casa después de un día agotador de trabajo. No estaba cansado. Solo quería ver tus ojos. Tocarte. Tenerte entre mis brazos. Perdóname. Ahora sólo soy un parásito. Me alimento de ti.

PERIANTO

Cáliz

Miguel está tumbado, con los ojos cerrados, una lágrima tímida resbala alrededor de su mejilla. Sigue inmóvil, como siempre. Ha suplicado a Dios ayuda. Ha pasado mucho tiempo y no lo soporta más. Solo desea abandonar este mundo. Pilar no lo duda ni un instante.  Sabe que si una mínima duda se vertiera en su pensamiento, no tendría el valor para hacerlo. Lo ha visto sufrir demasiado tiempo. Saca de su maletín la jeringuilla, la prepara en un momento, le da un beso y la inserta en la vena basílica sin titubear, presiona la parte posterior y todo el líquido queda depositado en el interior de Miguel en un abrir y cerrar de ojos. Se imagina el recorrido del barbitúrico hasta las entrañas de ese cuerpo inerte, que apenas le quedan fuerzas de llorar. A Miguel no le da tiempo de sentirlo. En milésimas de segundos ha llegado al corazón y ha colapsado todas las señales de vida al resto de órganos. La lágrima empieza a secarse. Y ya no habrá más. La timidez se ha ido.

Tomad y bebed todos de él porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.

Estas palabras resonaban en su mente. Lo aturdían. Sabía que tenía que hacerlo. Había estado hablando con Dios. Eres mi hijo, actúa como tal. Siempre había intuido que era alguien especial. Consagró su vida a Dios desde muy joven. En silencio. Lo otro era imposible. Seguía sus propios rituales nocturnos, orando. Y lo sabe, está seguro de que ahora, como hijo de Dios, es responsable de la salvación del mundo, y procede cuidadosamente a verter su  propia sangre en esas copas, junto al vino, para despedir a Miguel. Es el momento de rezar por él. Su amigo Miguel. De despedirlo siguiendo sus últimas voluntades, él y las pocas personas que significaron algo para Miguel. De joven tenía muchos amigos, pero la desidia los ha ido reduciendo a sólo unos cuantos. Que ahora se reunirán para decirle adiós.

Corola

Estamos aquí reunidos para despedir a nuestro amigo Miguel. Oremos por sus pecados. Y por los nuestros. Tomemos el cáliz de la salvación para que su alma sea redimida y alcance el cielo, junto a Dios Padre, todopoderoso. Alcemos nuestras copas. Y brindemos por Miguel. Tomad y bebed todos de él… Carlos piensa en Miguel y en todos los años que han compartido tanto. Mientras bebe su propia sangre, junto al resto, piensa en irse con él.

Pilar conecta los altavoces y comienza a sonar la canción, último deseo de Miguel: The show must go on… No cree en Dios, pero coge su copa y bebe el líquido de un trago. No está para nimiedades. Lo prolijo le da repelús. No lo puede soportar. Sin terminar la canción, abandona ese lúgubre lugar. Sale a la calle. Respira. Tiene toda la vida por delante. Efectivamente, el teatro de la vida debe continuar. No sabe cómo. No sabe nada. Camina sin parar. Le gustaría correr. Y corre. Se aleja todo lo que puede.

ANDROCEO

Joder. He estado esperando este momento toda mi vida. Está ahí, vestido con unos pantalones tejanos, medio rotos, ese suéter que le cubre un pedazo de pantalones, más de una parte que de la otra, esa barba, de hace días sin afeitar, que me enloquece, que le da ese toque bohemio, desenfadado, que me pierde, y esos ojos, que me incitan a sobrepasar los límites de cualquier petición diabólica que esa boca me pida. Se acerca. Es alto. Mis tacones me permiten llegar a un punto en el que puedo oler su deseo y unirlo al mío. Me había imaginado este momento de muchas maneras, pero ahora, que tengo su lengua en mi boca, y sus brazos, fuertes me elevan hasta encajar mi cadera en su cuerpo, se me borra cualquier imagen anterior, pura ilusión, para dejarme llevar, para bajar hasta el mismo infierno, jardín de las delicias, de las tentaciones. Y me rindo a sus pies. Quiero saborear el infierno. Me dispongo a pecar. Le quito la camiseta. El tatuaje de una flor me sorprende en su pecho, cerca del corazón. No es una flor común. Tiene algo de misterioso, rozando lo tenebroso. La flor del diablo. Lo miro a los ojos. Una dulzura perversa me invade a través de su mirada. Me dejo llevar. Estoy dispuesta a bajar a las profundidades. ¿Es allí donde encontraré la respuesta?

GINOCEO

Es una muñequita. Joder. Voy a tratarla super bien, leche. No quiero que me pase como con las otras. Esta es diferente. Se me pasa por la cabeza hacerle de todo, hostia. Para loco. Es una dama. La vas a tratar como se merece. Como una princesita. Eso es lo que es. Aparte de preciosa. Es lo que querías ¿no? Una mujer como Dios manda. Me deja embobado cuando me habla, con ese tonito pijo, con sus escritos y sus poemas que los haré canciones y le pondré musiquita con mi guitarra. Vas a ver cómo nos lo pasamos. Si es que le tengo unas ganas que para qué. Mírala. Me la voy a comer. Imposible parar.  Le quito la ropa. Entonces la veo. Esa marca. Es una cruz. En el centro del estómago. Un lugar extraño. El plexo solar. El centro. Dios me habla a través de ella. Es un estigma sagrado. Lo recorro con mis labios. Y cojo a mi muñeca en brazos. Voy a ver el cielo. Con ella. Me mira. Esa mirada, dulce y amarga al mismo tiempo. Es como si pidiera ayuda. No sé qué puedo darle yo. No tengo nada, pero se lo daré todo. Subiré al cielo si hace falta. Saldré de ese agujero y volaré con ella. ¿Es eso lo que tengo que hacer?

LA FLOR

El cielo y el infierno son una misma cosa. Ambos están en todos y cada uno de nosotros. Después de vivir un infierno, previo cielo con Miguel, corrí, mucho, demasiado, caí en las garras de muchos depredadores. Quise recuperar todo ese tiempo muerto, estancado, que empezaba a oler demasiado. Carlos, que siempre ha estado a nuestro lado, y que tan amablemente se ofreció a guiar el ritual sagrado para despedir a Miguel, se suicidó esa misma noche. Siempre he pensado que estaba un poco loco, pero ahora creo que sencillamente estaba enamorado. Yo lo estuve, de Miguel también, pero los últimos años el amor se escapaba por cualquier rendija. Me sentía culpable. Quería más. De todo. Él no me lo podía dar. No me podía dar nada, sólo palabras, de dolor. Eso no me servía. Necesitaba ver la luz. Me pidió encarecidamente que le diera fin a su vida. No me sentía capaz. Pero finalmente lo hice. Yo tampoco podía más. Ahora, después de un tiempo corriendo, te encuentro. No sé si eres tú. Lo que te rodea parece el infierno, pero tus ojos me dicen que el cielo está ahí dentro. Yo también tengo un infierno. Lo verás aparecer en algún momento. Quizá. Sé que quiere salir. Lo necesita. Liberarse. ¿Para eso has venido? Esa flor maléfica que llevas en el corazón no es más que una aclamación. El cielo y el infierno se pueden unir. Son una misma cosa. Las dos caras de una moneda.


domingo, 26 de marzo de 2017

Entre telas




Se despertó entre unas suaves y ligeras sábanas de raso, esa tela que aportaba una frescura especial en las calurosas noches de verano aquí en Casablanca. Mohcine estaba ahí tumbado junto a ella, su brazo, negro, fuerte, la rodeaba por la cintura, cayendo como un tul que sabes que está ahí, aunque no pesa nada. Se dio la vuelta para verlo. Sus gruesos labios reposaban sobre su hombro y comenzaban el ritual de vestir su cuerpo, a besos, ahora que el sol empezaba a arrojar los primeros rayos permitiéndoles vislumbrar sus siluetas desnudas bajos los frescos tejidos. Hilvanaba pensamientos que la llevaron a su llegada a este país. Había venido muchas veces con su padre, acompañándolo en esos viajes de negocios, en los que compraban grandes cantidades de telas que luego vendería en el resto del mundo. Ella se perdía entre los colores que tintaban cualquier tapiz, alfombra o chilaba, por poner algún ejemplo. Su vida era un telar de idas y venidas a esta ciudad de algodón. Así la imaginaba cuando volvía a su casa, desde París, que pese a evocarle a la muselina, por sus finos lugares, requería la moqueta para notar la calidez en que la envolvía Anfa, como le gustaba nombrar a esa ciudad mágica pintada sobre un óleo, irreal. Su madre murió cuando ella era pequeña. La recuerda pálida, embutida en paños aterciopelados que le aportaban unos grados más a su cuerpo, frío. A Mohcine lo conoció en uno de esos talleres del zoco, donde trabajaba con su familia. Jugaban mientras sus padres tomaban un té con hierbabuena. El aroma que desprendía ese líquido transparente como la gasa, dejaba entrever entre esos dos niños, ya casi unos adolescentes, una atracción que los unía como un ovillo de lana, como estaban ahora, en ese amanecer que despuntaba alejado del mundo cruel que pretendía desenmarañarlos. Se habían convertido en madeja para no dejar pasar a nadie. No los comprendían. Sus dioses eran distintos. Uno hecho de felpa, otro de lino. Cosían deseos para poder estar cerca. Pespunte a pespunte lograron quedarse tan pegados, que en uno de esos viajes, Anne no regresó a Paris. Nadie dijo que la vida en Anfa fuese como llevar una prenda de tafetán, de esas que luces con los vestidos de gala en las noches de París, o de cualquier otro lugar de telares exquisitos. Nadie dijo nunca que vivir fuera fácil. Vivir es engalanarse con palabras de amor, cubrirnos de preciosa pasamanería, bordar nuestros actos con delicadeza, pero también hay que cortar la tela, ese rollo interminable de metros no te lo puedes echar encima, hay que rajarlo, en un punto, en su medida, dejando el resto para otros menesteres. Su padre dejó de venir, se quedó en un retal de esos que pasaron a formar parte de una gran telaraña de recuerdos. Iba partiendo la pana en cada negocio que hacía, y en una de esas hazañas partió los hilos que los unían. Sintió el corte, ese desprenderse de la bobina de hilo, para pasar a formar parte de otro lugar, enhilar una aguja y tejer un nuevo hogar. Mohcine le susurró al oído las palabras que sonaban a seda afiligranada, que no se cansaba de repetirle, تي أمو, cada mañana. Esas que ni siquiera hacía falta que las dijera porque las podía leer en sus ojos, que se abrían como unos visillos que descubren la ventana. Pensó en cómo sería su vida en otro lugar, una vida con tejanos y camisetas pegadas al cuerpo, con minifaldas ciñendo las caderas, con medias semitransparentes y botas de cuero, con gorros de lana y bufandas y guantes y abrigos, que no te dejan transpirar. Entretelas, dobleces, refuerzos, rellenos. Demasiados atuendos para alguien que se ha acostumbrado a ir desnuda.

martes, 21 de marzo de 2017

INSTRUCCIONES PARA FREIR UN HUEVO

Plagio a Cortázar (Dios me perdone)



Es importante sentir una ligera sensación en el estómago antes de proceder con las instrucciones siguientes. Generalmente esa sensación suele llamarse hambre, pero también puede ser simplemente la necesidad de saciar un capricho de satisfacer el gusto de saborear este delicioso plato, porque sí.
En primer lugar, y una vez llegada la sensación anteriormente mencionada, es necesario comprobar que se dispone de, al menos, un huevo por comensal. En el caso de estar solo será suficiente con uno o dos huevos. En caso de no disponer de huevos, habrá que ir a la huevería a por ellos. En casos extremos, donde la urgencia prevalezca, y sea costoso, en tiempo sobre todo, desplazarse al lugar indicado, se sugiere pedir prestado el huevo al vecino (para ello seguir las instrucciones de cómo pedir prestado al vecino alimentos u otros menesteres con carácter urgente, que lo podrán encontrar en la sección de emergencias del manual de instrucciones que tiene entre manos).

Una vez tengamos el huevo a nuestra disposición, nos dispondremos a realizar los siguientes pasos:

·       Colocará sobre el fogón una sartén del tamaño adecuado al huevo. Es importante que no sea demasiado grande ni demasiado pequeña para que el huevo quede perfectamente encajado y cubierto con el aceite caliente.

·       Encenderá el fogón una vez depositada la sartén sobre él. Para ello es conveniente seguir las instrucciones del fabricante, o en caso de tener experiencia y conocer el funcionamiento a la perfección, por haberlo hecho usar en repetidas ocasiones, seguir el instinto inconsciente que le hará encender el fuego, o la placa eléctrica, según su caso.

·       Inmediatamente, y sin perder tiempo, echar un chorro de aceite virgen extra de oliva sobre el fondo de la sartén, de manera que quede totalmente cubierto por el aceite y sirva de pequeña balsa al huevo que posteriormente pondremos sobre él.

·       Dejaremos que el aceite se caliente durante un minuto aproximadamente, momento en que parecerá que comience a salir un pequeño rastro de humo, signo inequívoco de que debemos proceder de manera extremadamente urgente en depositar el huevo sobre el aceite caliente, antes de que la temperatura del aceite alcance grados demasiado elevados e incurramos en un peligro de salpicaduras y quemaduras y el consiguiente riesgo de no poder disfrutar del plato que previamente hemos deseado para saciar nuestros deseos estomacales y gustativos.

·       Cogemos cuidadosamente el huevo con una mano, puesto que es un alimento delicado, y en caso de opresión excesiva, puede romperse y estallar en el vacío, no llegando a su destino. Le daremos un pequeño golpe en el borde de algún objeto, pudiendo utilizar para ello la propia bancada de la cocina. Se recomienda no utilizar la sartén con el aceite prácticamente hirviendo ya, si uno no ha agilizado el proceso que nos ocupa, por exceder los límites del peligro.

·       Hay que tener especial agilidad en posicionar el huevo encima de la sartén, una vez efectuado el golpe, puesto que, al abrirse la cáscara, caerá desplomado el huevo, que consta de dos partes, clara y yema.

·       En caso de no ser cuidadosos, la yema puede sufrir desperfectos y quedaría mezclada con la clara, con lo que pasaríamos a realizar otra receta que no es la que nos ocupa, siendo el resultado un revuelto en lugar de un huevo frito, que si bien resulta también delicioso, no ofrece las mismas características que la receta en cuestión.

·       Si hemos realizado el proceso anterior correctamente, el huevo habrá caído sobre el aceite bien caliente y empezará a coger un color blanquecino en la parte de fuera, manteniendo un amarillo anaranjado fuerte en la parte central, que estará más abultada.

·       Se sugiere ayudarnos con una paleta para salpicar todo el huevo con el aceite que hay alrededor y así dorarlo al gusto.

·       Cuando los bordes de la parte blanquecina, llamada comúnmente clara, empiecen a convertirse en un hilito ligeramente marrón dorado, es el momento de sacar el huevo de la sartén y depositarlo en un plato.

·      Para ello utilizaremos la paleta anterior y la pasaremos cuidadosamente por debajo del huevo.

·      Cuando el huevo esté perfectamente encajado en la paleta es el momento de desplazarlo y colocarlo en el plato.

·       Pondremos una pizca de sal sobre el huevo para potenciar su sabor.

·       Se acompañará de un trozo de pan para poder mojar la parte anaranjada, llamada comúnmente yema, que es la parte más jugosa, y que combinada con la miga de pan, provoca efectos de puro placer cuando lo introducimos en la boca y procedemos a masticar y mezclar con los jugos salivares.

·      Repetiremos el proceso hasta que no quede ni rastro de clara ni yema en el plato.



En caso de haber pedido prestado el huevo al vecino, lo tendremos en cuenta para devolvérselo en cuanto logremos ir a la huevería y abastecernos de suficientes huevos para los próximos días, último paso del procedimiento de pedir prestado al vecino cualquier alimento de manera urgente. Es importante este punto, para, en el caso de volver a necesitar algún otro alimento, y no disponer de él, nuestro vecino se muestre benevolente y nos lo preste sin resquemor alguno, cosa que pondría en riesgo absoluto un futuro plato que nos apetezca y no hayamos previsto en nuestra lista de la compra.

sábado, 11 de marzo de 2017

La mariposa azul

-Montaña primera-

Lo conocí en uno de esos programas de contactos, me sugirió contestar a su mensaje si me apetecía, después de halagar mi perfil, ese lugar en el que todos ponemos las cosas que más nos enorgullecen de nosotros mismos, aunque sean malas, a veces somos capaces de sentirnos de lo más satisfechos con alguna cualidad nuestra que más bien sería un defecto, que no lo queremos ver así, quizá porque en algún momento nos ha servido de algo, un ascenso, protagonismo en una reunión de amigos, cualquier cosa que nos haya hecho sentirnos volar, es decir, ir más allá de lo que nos hubiésemos imaginado, y entonces, en ese perfil, lo ponemos esperando que algo así suceda otra vez, y sucede, siempre sucede que alguien lo ve interesante, y se pregunta qué podría pasar si ese defecto pudiera tenerlo entre las manos, moldearlo, amasarlo, y si llegado el momento no es lo que esperaba, aplastarlo, pero eso ocurre en la imaginación, es un pensamiento fugaz que se mece y solo aparece en los instantes en los que el balancín cruza una línea, pero el balancín va y viene, y la línea está ahí, esperando que llegue, y entonces, entre idas y venidas llega la contestación, y ese pensamiento se transforma, llega nueva información que provoca una metamorfosis,  como esa mariposa azul que tienes en tu perfil, y, sorprendentemente, cuando estabas casi a punto de aplastarlo, el defecto claro, pues la historia se estaba forjando en un universo paralelo, donde la cita ya se había producido, y te estaba sacando de quicio, pero ahora no, ahora todo es diferente, una nueva palabra, en un idioma que no entiendes, aunque sepas hablar muchos, ya que has dedicado muchos años a aprender varias lenguas en un intento de entender el mundo, pero ahora te encuentras con un lenguaje desconocido, que no tiene reglas gramaticales, y te lanzas a esa aventura, como una más de tu vida, pero no lo es, subes a una montaña, con esa chica del programa, sabes que algo está ocurriendo, un águila os visita, justo después de que tú la nombraras, os anuncia algo,  no lo entiendes, ella tampoco, pero estáis bien, mejor de lo que esperabais, quizá porque después de todo, dejasteis ambos las expectativas a un lado y preferisteis ser vosotros mismos, sin pretender subir demasiado, ya estabais en la cima de esa montaña, donde tú has ido tantas veces, donde has soñado y compuesto poemas, proyectando al futuro esos anhelos, sin darte cuenta has mostrado una parte de ti a una desconocida, a la que has estado a punto de aplastarle un defecto, que ahora no ves, porque la ves a ella, ahí sentada en esa piedra, hablando de cosas que de verdad te interesan, y piensas, qué suerte, pero todavía no sabes que ella piensa lo mismo, no es fácil encontrar a alguien que te comprenda tan bien, y que además lo haga en varios dialectos, ella se asombra, las últimas experiencias en las que una flecha ha intentado conquistarla han sido demasiado deprimentes, frases traspasando su cuerpo, directas como un puñal, y para despejar dudas, fotos que franqueaban la frontera del erotismo, pasando a ser pura pornografía, llegó a sentir asco, quiso rescatar una esperanza, sacada del abismo, de lo más hondo, y ahí está ahora, en lo alto, no toca el cielo porque tiene miedo, no quiere estropear lo que parece ser perfecto, a él le sucede algo similar, y se despiden después de haber pasado siete horas juntos con la sensación de haber tomado un café rápido, queréis que suceda algo más, pero, no sé, quizá es pronto, precipitarse no es lo mejor, piensa ella, ha tenido alguna experiencia demasiado impulsiva, no muchas, no es algo que le guste, lo detesta, pero ha tenido que hacerlo para abrir un camino que estaba lleno de ramas, como un bosque salvaje, como en esa bajada de la montaña, y después de apartar arbustos y espinas, ha aparecido un sendero, y ahí estás tú, para darle la mano, para ayudarla a bajar y caminar por la vida, no se sabe cuánto tiempo, el futuro no existe, y ahora lo que importa es que habéis llegado hasta aquí, y que os veréis otro día, pero no podéis reprimir ciertas cosas que suceden por ahí dentro, que os están devorando las entrañas, y en la impaciencia, empezáis a soltar palabras esparcidas por mensajes de WhatsApp, escritas, escribir es más fácil, pero cuidado, esa herramienta que quiere facilitar la comunicación, acercar las personas, no se sabe muy bien si lo hace o no, porque a veces sucede lo contrario, y malentendiendo emoticonos y signos de interrogación, se tergiversan conversaciones que van a parar a la basura,  pero no es el caso que nos ocupa, porque el lenguaje que estáis hablando os acerca, hay algo que os conecta, que os facilita la comprensión, son como notas musicales, tú entiendes bien de esto, la música y tú os conocéis desde siempre, y sabes interpretarla, descodificarla, y esa traducción de notas musicales lo que os provoca es quedar otra vez, querríais que fuese ya, pero no puede ser, y la cita llega por fin, ya no iréis a la cima, estaréis en un lugar íntimo, donde poder practicar esos signos universales, y comprobar si realmente estáis en lo cierto, si eso que sentíais ahí en lo alto, lo sentís también a ras de suelo, y lo es, sucede, vuestras bocas pierden el poder de hablar porque necesitan decirse otras cosas, entremezclar saliva, unir fluidos, tocaros con las manos y con los ojos, hacer realidad vuestra imaginación, que días atrás ha ido fluyendo por vuestras mentes, generando necesidades físicas que inexorablemente se materializan, pasan de un espacio inescrutable a este mismo, aquí, ahora, como ese libro que estás leyendo y que ella tiene también en su estantería, sois como unos cromos repetidos, pero no iguales, porque tu vida han sido las letras, la suya, los números, pero ella sabe, lo sabe muy bien, que las letras son su vida, las necesita como el aire para respirar, de eso se dio cuenta hace poco más de un año, quizá un año y medio, cuando alguien vino a su vida para mostrarle un camino, pensó en el amor, y amó las letras como a nada en el mundo, rescató de su pasado proyectos, y los ha estado soñando, porque en el fondo sabe que los sueños se pueden convertir en realidad, y ahora lo está comprobando, y tú estás ahí para darle veracidad a sus sueños, para hacerla volar, para hablarle en otros idiomas que ella no entiende, pero te mira y eso es suficiente, después de esa noche que pasáis juntos, vendrán más, las que deseéis, tenéis las herramientas para descifrar los mensajes, idiomas, música, números, signos, letras, sólo es cuestión de ir encajándolas como un puzzle para darle sentido a todo, porque en vuestras manos está crear vuestra vida, darle forma como a una escultura de arcilla, barro que está a vuestra disposición, tierra y agua, no es casual que tú seas virgo y ella escorpio, nada es casual, vuestra mezcla es para crear bellas formas, podéis hacerlo o no, es vuestra elección, habéis quedado otra vez, lo deseas, ella también, veréis felices sueños, en italiano, el idioma del amor, ese que utilizáis a menudo, que de alguna manera os vincula aún más, sigues pensando en las casualidades, pero el destino os ha puesto demasiadas juntas para creer en ellas, tampoco crees en el destino, pero él ha sido el responsable de esto, de que un día enviaras un mensaje a esta chica, tentándola a visitar tu perfil y a contestar, sólo si lo deseaba, y eso fue suficiente para que ella, pudiera decidir desde el corazón, dejando la razón a un lado, para utilizarla sólo en caso necesario, ahora ya no lo es, ahora todo es cuestión de ser como esa mariposa azul.


Podria ser




Podría volver la mirada, esconder mis defectos en algún armario, los encerraría con llave, quizá, después, saldría a la calle con una sonrisa postiza, como demasiado perfecta, intentaría ser otra persona, caminaría orgullosa de mí misma, me sentaría en la terraza de un café, y observaría a la gente, tal vez te vería a ti, después de tanto tiempo, te reconocería y te dejaría pasar de largo, tú ya no me conocerías, me mirarías como si te recordara a alguien que formó parte de tu vida, pero lo descartarías en el momento de ver mi pelo alborotado, no sería capaz de llevar un corte así, pensarías, un estilo tan moderno, con lo que te costó convencerme de que  renunciara a mi larga melena en sustitución de una un poco más corta, con la misma simetría a cada lado, siempre cubriéndome los hombros, lo descartarías sólo con ver ese pelo corto, que cuelga más de un lado que de otro, y apenas roza el hombro un mechón que sale disparado mostrando una irregularidad imposible en mí, y pasarías de largo, yo pensaría, no, no es él, si yo no soy yo, él tampoco lo es, me convencería de ello a pesar de haberte reconocido, porque esos pantalones no, no pueden ser tuyos, que va, siempre llevabas traje chaqueta, elegante, por tu trabajo, pero también por ti, era eso o tu vestimenta deportiva y tus palos de golf, y llevas unos vaqueros rotos, me sorprendería que hubieras cambiado tanto, y volvería a casa, abriría el armario, sacaría los álbumes de fotos, buscaría todos los momentos que vivimos, tal vez, entre esos defectos que habría encerrado bajo llave, encontraría una foto donde estaríamos en algún lugar donde nunca estuvimos, porque cómo íbamos a estar ahí, tú con unos vaqueros rotos y yo con el pelo a lo loco, creería entonces que esos recuerdos han aparecido después, que la realidad ha cambiado tanto que ha modificado el pasado, y sabría entonces, sólo en ese instante, que te vi y te dejé ir otra vez, desde esa terraza, en ese café, donde yo no sería yo, ni tú, tú, entonces, cerraría el armario y esperaría encontrarte en otro momento, con el deseo de regresar nuevamente a este armario y encontrar entre nuestras fotos una, donde, tal vez, tú estarías con unos pantalones de lino, blancos, de esos que vimos en aquel viaje y que tanto me gustaron, y yo, con el pelo tintado de naranja y unas gafas de sol enormes de colorines, como esas que vimos un día, en un escaparate, y me sugeriste comprar, nunca lo hice, pero podría ser, que en un nuevo intento, esa foto llegue a nuestros recuerdos, podría por ejemplo empezar yo misma, saldría a comprar esas gafas, me tintaría el pelo naranja y entonces te vería, con esos pantalones blancos de lino pasar con una chica de pelo largo, simétrico, de esas que no renuncian fácilmente a su melena, y sucedería que, esa foto, quizá, sólo remotamente, ocurriría en algún otro universo, de alguna otra persona, que, posiblemente, no escondería nada bajo llave, quizá yo misma hace algún tiempo, podría ser.

Tras el cristal



Salí a pasear, no sé si buscando algo, o queriendo desaparecer. Algunas veces me ocurre. Que no sé exactamente lo que quiero. O más bien que nada de lo que me encuentro me satisface. Entonces, las cuatro paredes que me rodean empiezan a abalanzarse hacia mí. De repente no tengo espacio disponible. Y comienza a faltarme el aire. Con la respiración acelerada, hiperventilada hasta el punto de pensar en que iba a morir allí mismo, salí disparada a la calle. Poco a poco, el aire contaminado de la ciudad fue calmando ligeramente mi desesperación y pude comenzar a aclarar las pocas ideas que rondaban mi cabeza. Me senté en un banco un momento. Enfrente, un cajero automático hacía de escenario en el que el ir y venir continuo de gente, representaban la obra de la sociedad actual. Prisas, móviles, indiferencia. De pronto vi asomar una cabeza desde el interior del cajero. No había advertido que allí dentro, entremezclado con esas causas ajenas, intentaba resguardarse un vagabundo. Nuestras miradas se encontraron. Mis ojos intentaron disuadirme de proseguir con aquel intercambio visual. Pero algo me decía que allí estaba lo que yo necesitaba. Que lo había encontrado. Me dedicó una sonrisa. En todo el trayecto en el que fui respirando humo de los numerosos coches que circulan por estas calles, nadie me miró. Imaginar que alguien, además de mirarme, me sonriera era algo que se escapaba del mapa de probabilidades que pendía de mi panel mental. La estadística la rompió él. Me pregunté por qué. Qué tendría él. Pensé inmediatamente que nada. No tenía nada. No podía perder nada entonces. Yo, pensé, tampoco tengo nada ya. Y lo que tengo, no me sirve. Tampoco puedo perder nada. Entré. No llevaba la tarjeta para poder sacar dinero y darle algo. Eso no le importó. Él ya sabía que yo no iba a darle dinero. Era consciente de que yo necesitaba más cosas que él. Me senté a su lado y comenzamos a hablar. El tráfico de personas que acudían a extraer dinero, disminuyó. La cara de extrañeza que se plasmaba en sus rostros al intentar entrar, les acompañaría durante bastante tiempo.  Qué extraño, pensarían, esa chica no debe estar bien. Eso, en realidad, no me preocupaba lo más mínimo. Allí sentada, a su lado, sin nada que perder, el mundo se veía de otra manera. No sé si he encontrado lo que buscaba. Pero no me importa.